INTERPELACIONES EN TORNO A CIERTOS «TÓTEMS» TEÓRICO-CLÍNICOS: UNA REVISIÓN CRÍTICA DE LA DENOMINADA FUNCIÓN PATERNA A LA LUZ DE LAS PARENTALIDADES GAY

Mauricio Clavero Lerena

 

Introducción

En esta intervención propongo algunas interpelaciones al concepto de función paterna y su posible carácter totémico e inamovible, si este no es sometido a algunas consideraciones.

Entiendo que es un concepto organizador de la trama psicoanalítica y rescato su función simbólica. Por ello, planteo la necesidad de una revisión de su origen y de algunos aspectos de su devenir a la luz de los cambios sociales y culturales.

Dos interpelaciones motivan este desarrollo:

¿Cuán atentos estamos al riesgo que implica no concebir un psicoanálisis en transformación y, por lo tanto, convertir la función paterna en un tótem teórico-clínico; aplicado forzosamente a realidades de crianza para las que no fue originalmente teorizado?

¿Cuán cercanos estamos de una real reflexión ética de nuestro quehacer clínico, con el fin de alejarnos de una posible intervención discriminatoria?

Intencionalmente me refiero a parentalidades gay y no a homoparentalidades, porque es una forma de enunciación que está en mayor consonancia con la noción de condición gay y gaycidad; lo que también propone una necesaria reconsideración de categorías pertenecientes a la diversidad sexual. Una intervención sobre sexualidades, diversidades sexuales y de género, vínculos eróticos y afectivos, no puede ser reducible en exclusividad a lecturas psicológicas. Propiciar un abordaje desde un pensamiento complejo implica el conocimiento de una dimensión política de las sexualidades. Sexualidades condicionadas por diversos dispositivos de control, propios de relaciones de poder, donde marcos teórico-clínicos no problematizados podrían oficiar como un dispositivo de control en sí mismo.

Del pater familias a la Era gay…

Ríos de tinta han devenido sobre las transformaciones de aquel Padre de familia, de la antigua Roma, con potestad y dominio legal del hogar y de cada uno de los miembros que lo componían. Proveedor y sostén de la familia, responsable de uno de los modelos de mayor estirpe patriarcal. Figura de máxima autoridad, portador de patria potestad y por lo tanto ley. Padre al que se le debía pleitesía y obediencia frente a sus decisiones.

Asistimos a realidades que distan de ese dispositivo. Procesos de lucha y negociación han producido visibilidad de configuraciones vinculares y empoderamiento de diversidades sexuales y de género. Profundas transformaciones dentro del movimiento GLTTBIQ han propiciado una importante capacidad de movilización social en el espacio público.

El breadwinner system compuesto por padre, madre e hijos biológicos se ve interpelado y con ello la división de tareas heteropatriarcal. La supuesta homogeneidad de la primera mitad del siglo XX fue sustituida por una diversidad de alternativas (Sempol, 2014).

Emerge la Era gay, propuesta de Meccia (2011) que permite una mirada desde una perspectiva interaccionista simbólica, con el objetivo de analizar la trayectoria de integración moral de la homosexualidad en las sociedades contemporáneas. Instiga a la interpretación del proceso histórico de las sexualidades periféricas y de la propia moral sexual. La interacción está dada entre la noción de condición gay, o gaycidad, y la tradicional concepción de homosexualidad.

La asunción de la subjetividad gay, condición gay, es la entrada a la Era gay. La homosexualidad no necesariamente sería portadora de una subjetividad gay.

Barrancos (2007) menciona que asumir la condición gay y poner en acción la gaycidad es imprimir una convicción capaz de afirmar un camino para la demanda de políticas de reconocimiento y, en algún sentido, acceder a la fórmula de que lo personal es político.

Según Carrara (2011), habría una especie de abismo entre el régimen de la homosexualidad; caracterizado por el sufrimiento, la marginalidad y el silencio; y el régimen contemporáneo de la gaycidad, caracterizado por el orgullo, el reconocimiento y la visibilidad social. Las personas atravesadas por el sujetamiento social del heterosexismo obligatorio tienen que deconstruir la separación de los ámbitos privado-público, para sortear la homosexualidad y acceder a la gaycidad.

Considero oportuna la noción de condición gay ya que problematiza y avanza sobre la noción de identidad gay, la cual posee restos de una cierta pertenencia absoluta, donde quienes promueven concepciones y prácticas exigen obediencia y fidelidad total al grupo. Contempla, tal como propone A. M. Fernández (1992; 2009), el rechazo a las categorías identitarias a partir de la diferencia sexual. La noción de condición gay y gaycidad es afín a la propuesta de Denise Najmanovich (2008; 2005), donde los modos de existencia que alientan la diversidad no nos prometen un mundo perfecto, pero sí la riqueza de la vida en su infinita variedad, con sus deliciosas y perturbadoras tensiones.

¿Cuestión de época? Origen, contexto y devenir…

Apoyado en Fiorini (2001; 2015), entiendo oportuno reconsiderar si estamos frente a cambios de época, que no afectan las herramientas teórico-interpretativas que posee el psicoanálisis, o si se trata de algo más que modas. La propuesta es reflexionar sobre el reconocimiento de la presencia de transformaciones progresivas, que atraviesan las generaciones, y por lo tanto convocar a revisar la noción de función paterna. Estos cambios constituyen desafíos para la clínica psicoanalítica y ponen en cuestión organizaciones tradicionales, a lo cual se agregan interrogantes respecto a leyes de filiación y parentesco.

Revisar críticamente un enunciado teórico implica transitar – aunque sea rápidamente – por su origen y devenir, por el lugar que ocupa en la malla teórica en la que se inscribe, por las condiciones de creación y reformulación a las que ha sido sometido.

Recordemos que el origen de la función paterna no es freudiano, sino que es una propuesta de perspectiva de los significantes del estructuralismo francés.

Para Lacan, el padre simbólico no es un ser real, sino una función que se encuentra en el centro de la articulación edípica. Padre en tanto significante que nombra y da nombre, y con este acto encarna la Ley; la función de regular una relación dual imaginaria mediante la instancia imperativa de la ley. El padre sería un imago en torno al fantasma de un ser omnipotente ideal o cruel, aquel que opera en la castración en el niño. En el caso de la madre, la madre real sería aquella que atiende afectivamente al infante, que posee la encarnadura de todos los significantes. Todos los objetos que la madre brinda son objetos de don y, por lo tanto, simbólicos; es ese Otro primordial que introduce al niño en el orden simbólico al interpretar los gestos de la criatura. La madre imaginaria se encuentra ligada a la fantasía, en relación a ser devorado por esa madre insaciable poseedora del falo imaginario.

Encontramos en Tótem y Tabú (Freud, 1913) una explicación a los orígenes del padre en la sociedad, situado en una lógica patriarcal; así como en el Porvenir de una Ilusión (Freud, 1927) y Moisés y la Religión Monoteísta (Freud, 1939), entre otros. En estas obras se evidencian, claramente, los sentimientos religiosos y la necesidad de sostener, en esas creencias, el desamparo y la indefensión originarios. Se produce un desplazamiento del Dios Padre al Padre, ambos protectores y vengativos. La forma en la que se comprenda ese desplazamiento tendrá consecuencias sobre la clínica psicoanalítica. No es posible desligar el psiquismo de las normas que dictan los discursos vigentes, y la función paterna se constituye, como tal, solidaria a las sociedades patriarcales. Conservar la nominación de función paterna es una forma de universalizar lo que es en realidad una operatoria simbólica que queda ligada, atada en su contingencia a un tipo de sociedad y de ideología (Fiorini, 2015).

El psicoanálisis – particularmente algunos aportes contemporáneos – ha otorgado a la función paterna y materna distintas nominaciones, evidenciando la transformación de marcos teórico-clínicos. Estas nominaciones intentan acompasar cambios socio-culturales y repensar, reconstruir el valor simbólico de la función como punto de partida para otros ordenamientos simbólicos.

Montero (2004) menciona que ya no es tan claro distinguir entre madre biológica, madre gestante, madre ovárica, madre social, madre jurídica y madre psicológica. Considero que estas nuevas maternidades ponen en tela de juicio el lugar secundario en el que estructuralmente quedó ubicada la madre en la propuesta de Freud y Lacan. Estas modalidades contemplan una mujer, madre – no exclusivamente – que posee sus propias operativas simbólicas. Puede establecer distinciones y cortes, sin la necesidad de un padre varón.

Si afirmamos que padre solo se es en función, hoy podríamos decir que quien oficie la crianza solo podrá hacerlo en función de crianza, alejándonos paulatinamente – o al menos interpelando – el edipismo freudiano que restringe la libido a un encierro familiar de tipo burgués y patriarcal, a una deflación de la polivalencia deseante, determinada por flujos indisciplinados, tal como lo teorizan Deleuze y Guattari (1998).

Respecto de otras nominaciones, Dio Bleichmar (2005) se refiere a la madre metabolizadora de la ansiedad del bebé como el objeto continente, Bion (1962) utiliza la expresión función reverie. El objeto transformacional de Bollas (1991), con una madre reguladora emocional, el objeto especularizante y empático de Kohut (1971), así como la función heteroconservativa de Bleichmar (1997).

Gil (2002) estima adecuada la propuesta de los angloamericanos con el término neutro nurturing, que significa ʻcriarʼ, ʻeducarʼ, ʻnutrirʼ físicamente y afectivamente, sin dar preponderancia a la madre ni al padre. Hace mención a un grupo feminista argentino que propone los nombres de función narcisizante, para lo que se ha llamado función materna, y función de corte para lo que se ha llamado función paterna. Una designación en relación a la función en sí y no en relación con el sexo y/o el género.

Rojas (2006) habla de dos funciones: contención e interdicción, o sostén y corte, eficaces para la constitución subjetiva. Afirma que el psicoanálisis las nombró como materna y paterna respectivamente en correspondencia con el modelo de familia nuclear burguesa.

Alizade (2007) se refiere a la función familia, como aquella que delimita los hechos de vida que procuran al niño el acceso al mundo simbólico. Designa subjetividades en red que sostienen al psiquismo, en un espacio ramificado de vínculos que exceden a la familia nuclear convencional. En esa red coexisten filiaciones biológicas con filiaciones de extranjería, estas últimas serían las filiaciones con seres significativos que intervienen en el mapa identificatorio y pulsional del niño. Son personas que producen efectos psíquicos relevantes en la mente infantil y que contribuyen a la estructuración del psiquismo.

Bleichmar (2004) menciona que las denominadas funciones materna y paterna son modos de relación con el niño, y que poseen una circulación simbólica y libidinal. Las funciones no pueden ser pensadas como puros significantes, pero tampoco pueden ser definidas exclusivamente por la presencia del cuerpo real en su unidad anatómica. Es necesario problematizar los modos erógenos que emergen en el encuentro, y sus formas representacionales, de los discursos instituidos que las significan. Lo que en la actualidad se puede seguir enunciando como función paterna y materna no necesariamente tiene que concordar con quienes han ejercido ese rol desde la tradición.

Fiorini (2013) considera que la función paterna debería llamarse función tercera, independientemente de quien la ejerza y más allá de dicotomías empobrecedoras. Una función simbólica que le da una verdadera categoría de función. La noción de función paterna se ocultaría y se desplazaría hacia lógicas epistémicas que no dan respuestas a problemáticas contemporáneas. El riesgo estaría dado en especializar lo que es una construcción histórica. Por ello, más que hablar de nuevas modalidades de una función paterna, habría que hablar del ejercicio de una función tercera, simbólica. Se producen cambios en las modalidades de ejercicio de una operatoria simbólica, que en la historia se identificó con un Padre monárquico y luego simbólico.

Parentalidades gais. Función de crianza

La noción de parentalidades es una propuesta de fines de los setenta que surge de la mano de Lebovici, en Francia, como una nueva línea de pensamiento psicoanalítico. Contemporáneo a los estudios sobre las mujeres, a los que le siguieron los estudios de género, masculinidades y diversidades sexuales.

Los estudios sobre parentalidades, en articulación con los de género y diversidades sexuales, permiten tensionar las realidades desde un “punto de vista situado” – tal como propone Harding (2002) –, con el fin de comprender las realidades desde una epistemología afín al pensamiento complejo.

Me interesa mencionar el aporte de Julien (1993), quien plantea una consideración en torno del advenir padre cuando se priorizan los derechos de los niños, niñas y adolescentes. El siglo XIX introduce el reconocimiento de esta perspectiva de derechos sobre la infancia y la adolescencia, y se considera ese derecho por sobre el de los padres, lo que produce un gran avance a la hora de problematizar el ejercicio de las parentalidades.

Barudy (2010) reconoce la posibilidad de convertirse en padres como la capacidad de poner en práctica el cuidar, proteger y educar a hijos, más allá de una parentalidad biológica asociada a la procreación; propone una parentalidad social que tiene que ver con los aspectos de cuidados más allá del lazo sanguíneo.

Güida (2007) menciona que no es suficiente la dimensión biológica y sí es necesaria la continuidad y presencia para la construcción de una subjetividad paterna, asociada con una responsabilidad. La responsabilidad paterna tiene diferentes significados y estos varían de acuerdo a las clases sociales, a las etnias, a las configuraciones familiares y a las prácticas sociales de género.

Guerra (2004) agrega que las parentalidades están atravesadas por representaciones culturales que forman parte de todos nosotros y se trasmiten, consciente e inconscientemente, sobre un modelo esperado de conducta parental. Operan en el imaginario social y se encarnan en el espacio psíquico, generando sentidos y actitudes.

Propongo pensar las parentalidades gais como una forma de que los sujetos deseantes, que encarnan una sexualidad no heteronormativa desde una condición de gaycidad, construyan paternidad.

La experiencia de crianza en la parentalidad gay permite visualizar los recorridos históricos que han desarrollado para el ejercicio de su paternidad. Experiencia – tal como la conceptualiza Volnovich (2004) – no solo referida a lo que un afuera impone, sino a la implicancia subjetiva, a las prácticas y discursos, y a las instituciones que dotan de importancia la crianza; donde el reconocimiento está dado por la autorrepresentación del ejercicio de la paternidad.

Entiendo que la crianza y sus funciones son del orden del acontecimiento, en tanto no se es padre, sino que se adviene padre en la propia experiencia, rescatando así el carácter intersubjetivo de la función. Ello implica una presencia real y continua del adulto, cumpliendo con cuidados y protecciones inherentes a su función. Propicia lo simbólico y pone en juego mecanismos del inconsciente, inscripciones psíquicas sobre realidades encarnadas. Lo esencial de esa relación entre el cuerpo y la psiquis no está dado en el sexo-género de los protagonistas de la escena primaria, sino en el debido cumplimiento de su función de crianza, en tanto propician un tercero excluido.

Esta función adhiere al concepto de cuarta serie complementaria (Alizade, 2004) que prioriza las dimensiones sociales, culturales, históricas y políticas, en la organización del psiquismo. Los mandatos de época del mundo externo se internalizan a través del superyó y condicionan los pensamientos y la creación de teorías. La cuarta serie atraviesa las tres series complementarias de la teoría freudiana. Los ideales, fantasías y deseos, aparentemente sentidos como propios, dan cuenta de la impregnación de la cultura, de una imposición de creencias y de la alienación identificatoria.

Resaltar la noción de crianza es dimensionar el carácter de lo aplicado, del hacer. Una noción del orden de lo inclusivo, donde variables universales que definen la crianza se articulan con la singularidad de cada experiencia. Incluye lo histórico y lo contemporáneo, los distintos contextos de crianza definidos por la implicación subjetiva y los discursos del momento en torno a la crianza. Presentaciones próximas a lo heteronormativo, como ser una crianza monoparental, conviven con otras más disruptivas y alejadas del heteroconservadurismo, como ser un travestismo maternante.

La tensión entre lo intersubjetivo y lo intrapsíquico, que pone en juego una parentalidad no heteronormativa, interpela y reactualiza la tramitación de la condición gay. Los discursos instituidos interpelan la función y ponen a trabajar las condiciones del empoderamiento de los protagonistas de la paternidad y, por lo tanto, las condiciones de crianza y sus funciones.

Experiencia y función de crianza transversalizada por contextos legales y jurídicos que contemplan un hacer-ser padres por fuera o por dentro de un marco legal. Sabido es que los caminos del deseo no son lineales y que se concretan en experiencias de crianza más allá de la habilitación legal; pero también los marcos legales habilitantes inscriben resonancias en las experiencias de crianza (Clavero, 2016).

La clínica psicoanalítica que reciba la experiencia de crianza de padres gais deberá incorporar – como expresa Perlongher (1999) – el negocio del deseo. Ello implica el análisis de las experiencias de crianza, la crítica de la identidad y las variantes de clase, funcionando en términos de deseo. La escucha clínica estará nuevamente marcando una especificidad que nos define como psicoanalistas. Una escucha que se impregna de un paradigma psicoanalítico donde se destaca la fuerza de la exterioridad interpelando la neutralidad y la abstinencia.

El desafío estaría dado, como propone Fernández (2012), en que las investigaciones con abordajes clínicos, que indagan estos temas, avancen en construir e implementar categorías conceptuales y metodológicas que puedan captar la lógica de la diversidad en la que se despliegan estos modos de subjetivación contemporáneos.

Consideraciones finales

Revisar la función paterna, con el fin de acercarnos a una real concepción de un psicoanálisis en transformación y alejarnos de un carácter totémico-inamovible, implica tener presente que el psicoanálisis no tiene como misión dar respuesta a todos aquellos cambios sociales y culturales, pero si opta por ello, debe tener presente la necesaria interpelación de los marcos teórico-técnicos con los que responde.

Dicha revisión exige ubicar la mirada sobre los contextos de producción de la teoría psicoanalítica, su modo de entender la realidad psíquica y la producción de conocimiento, resultante del momento socio-histórico. Es esencial para esa revisión reconocer los invalorables aportes que la teoría psicoanalítica ha realizado sobre la sexualidad, así como las múltiples revisiones que sobre ella han devenido, luego de más de un siglo de su surgimiento.

Considero que la mayor interpelación de la función paterna son las limitantes del paradigma que la sustenta; me refiero al paradigma de la diferencia sexual. Una propuesta disruptiva para la época, pero limitada a la luz de las realidades contemporáneas. La diferencia sexual en la actualidad aporta una visión restringida de la sexualidad, una anatomía que ya no tiene por qué ser el destino, privilegio de un pensamiento dicotómico que no permite comprender diversidades sexuales y de género, así como una figura de padre proveedor y madre nutricia que no se corresponde con muchos arreglos contemporáneos.

Interpelar la función paterna implica poder pensarla cercana al paradigma de la diversidad, por ello propongo nominarla función de crianza. Ello posibilita pensar la sexualidad más allá de grillas del heteroconservadurismo, y, seguramente, es más afín a un real psicoanálisis en transformación, que considera la diversidad de formas de crianza y no se restringe a un modelo de familia nuclear con características heteropatriarcales.

Pensar experiencias de crianza desde la diversidad y no desde la diferencia presupone revisar un sistema donde se es diferente respecto de una norma instituida; mientras que la diversidad no esté sometida a la comparación ni a un orden preestablecido se torna más allá de lo único.

La diversidad propone una forma de ser más allá de la diferencia, que, claramente, tiene que ver con concebir una sexualidad como construcción y transformación, con una importante presencia del otro, revalorizando el carácter de lo intersubjetivo. Propone la introducción de lo femenino y lo masculino, de las diversas puestas en escena de nuestras prácticas de la sexualidad, de los laberintos del deseo, ya no concebido como falta, sino como producción deseante, como potencia.

La diversidad traspasa lo único – propio de la diferencia – y propone lo múltiple: multiplicidad de funciones, multiplicidad de crianzas, multiplicidad de parentalidades, en definitiva, diversidad de sexualidades. Introduce así una forma de contemplar nuevos ordenamientos simbólicos.

Considero que la clínica psicoanalítica debe priorizar lo singular de cada experiencia y función de crianza, pero la revisión e interpelación a estos posibles tótems se hace también necesaria más allá de la singularidad. Entiendo que muchas veces generamos una especie de respuesta rápida, casi defensiva, frente a los cuestionamientos de nuestras posibilidades de comprender más allá de lo heteroconservativo; y usamos, casi como una respuesta-comodín, el lugar que le damos a la singularidad, respondiendo con la necesidad de contemplar un análisis de un «caso a caso». Sí, la singularidad del caso a caso hace a la escucha psicoanalítica, pero la escucha está determinada por una malla teórica que condiciona la intervención. Podemos intentar escuchar esa singularidad, pero desde el paradigma que lo escuchemos seguramente condicionará las respuestas que allí se puedan descubrir, construir.

Ubicar el foco de escucha clínica en la experiencia y en los distintos caminos; a veces legítimos, pero no legales, a veces legales, pero no legítimos; permitirá acompañar las derivas del deseo de quienes encarnen la experiencia de crianza. La condición de padre o madre en sí misma no es sinónimo de salud o patología, la singularidad de cómo atraviesen esa construcción de deseo de hijo deberá tensionarse con las condiciones psíquicas de cada protagonista. Desear ser padre, o madre, puede ser un deseo tanto del orden de lo saludable como de lo patológico, entiendo que allí debemos poner el foco.

Lo complejo se instala en la necesaria revisión de nuestra escucha – nada neutra –, en un hacer como psicoterapeutas – no totalmente abstinentes – y en evaluar cuán condicionada-performada está, nuestra escucha, de discursos patologizantes sobre las diversidades sexuales y de género. Ello conlleva pensarnos en relación a las condiciones personales para el ejercicio de nuestra profesión y de cómo tramitamos las sexualidades no heteronormativas, con el fin de no cristalizar intervenciones discriminatorias.

Como propone Allegue (2013), trabajar clínicamente con diversidad sexual replantea el problema de la analizabilidad, siempre ligada a la transferencia, pero particularmente a los puntos ciegos del analista; nos lleva a reflexionar sobre la implicancia de nuestra función y de nuestros sistemas de ideas.

Este es un desafío para el psicoanálisis que merece profundos estudios y una exhaustiva revisión de nuestros prejuicios.

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