ELASTICIDAD DE LA TÉCNICA Y PLASTICIDAD DEL ANALISTA

[1]

Laura de Souza[2]

Adriana Anfusso2

Introducción

Abordaremos el tema que nos convoca desde las contribuciones del Psicoanálisis Relacional que hacen hincapié en la naturaleza interactiva del vínculo psicoterapéutico (Mitchell, 1997/2015) y en el interjuego de las subjetividades de paciente y terapeuta (Ogden, 2014).

Tanto Influencia y Autonomía en Psicoanálisis como Ritual y espontaneidad en el proceso analítico, libros escritos por Mitchell (1997) y Hoffman (1998), teóricos muy representativos del Psicoanálisis Relacional, cuestionan la postura dualista y el racionalismo cartesiano. Postulan en cambio la interrelación entre conceptos tradicionalmente opuestos que les permite repensar lo psíquico desde el pensamiento complejo, eludiendo la linealidad causa-consecuencia. Al elaborar este trabajo adherimos a dicha perspectiva, no sin advertir que las propuestas que hace el Psicoanálisis Relacional suelen generar un sinnúmero de acalorados intercambios, muchas dudas, críticas y controversias.

Mitchell (1997/2015) y Racker (1968) afirman que toda vez que se da una actitud comprometida en el trabajo terapéutico tanto el paciente como la dinámica de su mundo interno resonarán en el analista y promoverán en él una lucha personal con similares o idénticos problemas a los que enfrenta el consultante. Conciben el tratamiento como un campo relacional caracterizado por un flujo permanente de influencias mutuas que se despliegan como patrones o matrices relacionales que se conectan y expresan a través de escenificaciones, puestas en acto o “enactments” (en sentido amplio). Estos reflejan las historias personales pasadas y presentes o los modelos vinculares propios de ambos participantes de la dupla terapéutica. Habrá que considerar entonces que todo cambio es resultado de una única e irrepetible relación cuya naturaleza es la de un entretejido de las mutuas influencias que ejercen entre sí dos sujetos separados.

Se entiende que nuestras palabras, interpretaciones y actos, por más neutrales y abstinentes que sean o pretendan ser, suponen siempre participación e influencia y, al igual que las eventuales auto-revelaciones del terapeuta que Renik (1995) desarrolla ampliamente, configuran una experiencia que de ningún modo se limita a descubrir o traer a la superficie consciente la realidad psíquica oculta del paciente.

Puede afirmarse entonces que no existen interpretaciones objetivas, ni eventual sintonía afectiva, ni respuesta o reflexión alguna que pueda concebirse surgiendo exclusivamente en base a lo que el paciente trae. Siempre va a estar allí, en juego, algo personal y propio del analista cuyo origen podrá remontarse a sus preferencias teóricas, a su experiencia vital, a porciones de su bagaje subjetivo.

Hoffman (1998) plantea que “la sintonía afectiva o la respuesta empática, no menos que la interpretación, están coloreadas por las inclinaciones teóricas, culturales, personales del terapeuta y advierte que la lucha contra estos modos intrusivos de participación – que sin duda los hayha llevado a los analistas a eliminar el asunto de que (…) la personalidad del terapeuta no está presente en su respuesta: por muy lejos que queramos ir nunca alcanzaremos (citado por Liberman, 2005, p. 14).

Un modelo relacional, una teoría que involucra a dos personas, un paradigma constructivo social que integra el contexto y el compromiso personal del analista es imposible que dé por sentado un texto preestablecido en la evolución de la interacción analista-paciente, sino que más bien lo concibe como una experiencia que está en proceso de ser vivida. “La historia del paciente no es sólo un asunto de reconstrucción histórica sino que también es un fragmento de una nueva historia que se está construyendo en la interacción inmediata” (Hoffman 1998, citado por Liberman, 2005).

De la neutralidad a la mutualidad

La participación personal del analista y la experiencia de mutualidad presentes en cada sesión sin duda hacen que el profesional quede expuesto en sus inevitables falibilidades y vulnerabilidades humanas.

El concepto de mutualidad que introdujo Ferenczi (1932) es utilizado por Aron (1996) cuando se detiene en la relación paciente-analista como antes lo hizo Winnicott (1963) para referirse a la relación madre-hijo. Paciente y analista, madre e hijo, no sólo inciden uno en el otro tanto a nivel consciente como inconsciente sino que, además, se regulan mutuamente.

Es así como de la clásica autoridad y neutralidad del analista se pasa a “a respetuosa exploración de una realidad conjunta, dando lugar a significados mutuos que el analista y el paciente van co-construyendo (…). El analista relacional no funciona como una pantalla blanca en la que se proyectan los contenidos mentales del paciente sino como un atento observador intensamente comprometido emocionalmente con su paciente” (Velasco, 2009, p. 60).

De la “experiencia emocional correctiva” a una “nueva experiencia”

Alexander y French (1946), ya en 1946 proponen el concepto de experiencia emocional correctiva para enfatizar cómo los pacientes en análisis, además de aprovechar las interpretaciones, se benefician de un tipo diferente de relación. Su recomendación a los analistas de adoptar una postura activa propiciando una experiencia nueva fue considerada como un interaccionismo manipulativo y generó rechazo entre los colegas de su época.

Mitchell (1997/2015) considera que “la actividad interpretativa del analista y una interacción afectiva profunda no son alterna” (p. 59).

Aron (1996), a su vez, sostiene que las interpretaciones son siempre una expresión personal de la subjetividad del analista y que nunca son el resultado de la aplicación de cierto conocimiento abstracto de un analista genérico. Ve a las interpretaciones como productos de la acción de un tipo particular de nuevo objeto, en general diferente a los objetos parentales primarios.

Muchos autores relacionales coinciden en que las interpretaciones no son meros hechos informativos sino acontecimientos relacionales que transforman los vínculos. Y viceversa, Ogden (1994) señala que toda acción o interacción incluye propuestas y conceptos interpretativos. Agrega que las interacciones provistas de contenido conceptual inevitablemente abren o cierran diferentes caminos para la comprensión. Dice al respecto: “No tenemos por qué elegir entre interpretaciones y experiencias emocionales correctivas, ambas van juntas. La noción tradicional de que la interpretación no es una acción, que simplemente genera insight y carece de influencia sugestiva, es una ilusión” (p. 59-60).

Gill (1994, citado por Mitchell, 1997/2015) destaca que tanto la actividad como la ausencia de actividad impactan en el paciente de algún modo. Plantea que toda acción intencional que a sabiendas no se explore se convierte automáticamente en una manipulación. Y agrega: “no es el contenido de lo que el analista hace lo que convierte su participación en analítica, es la curiosidad y la franqueza para explorar el efecto de la propia participación…” (p. 60).

Corresponde señalar aquí los aportes del grupo de Boston sobre el conocimiento relacionan implícito (CRI) para fundamentar la importancia del campo intersubjetivo donde paciente y terapeuta co-construyen patrones no verbales de relación que dan lugar a nuevas formas de ser, estar y relacionarse con otros.

Sus propuestas surgen de la observación e investigación con niños en etapas tempranas y del estudio de los patrones no verbales de relacionamiento del niño con sus padres o cuidadores. Surge allí un conocimiento procedural o implícito, no simbólico, aunque podrá ser la base de una posterior representación simbólica. En la relación terapéutica el cambio se produce en “momentos de encuentro”, situaciones donde una experiencia subjetiva modifica el conocimiento relacional previo de terapeuta y paciente. El conocimiento relacional implícito es un “saber hacer con otro u otros”, un conocimiento ligado a acciones no-verbales que remite a la historia relacional del individuo y que establece matrices intersubjetivas (Stern, 2004).

En el tratamiento psicoanalítico paciente y terapeuta co-construyen patrones no verbales implícitos o procedimentales de interacción que generan cambios y amplían las posibilidades de paciente y terapeuta de hacer cosas y de estar y vincularse con otros. Estas contribuciones obligan a reconsiderar tanto la significación del cuerpo y de la acción en la situación terapéutica como el lugar de la interpretación, la neutralidad y la abstinencia así como la concepción de la transferencia y la contratransferencia en el tratamiento psicoanalítico.

Los “terceros analíticos”

Mitchell (1997/2015) opina que el concepto de tercero analítico es un importante fenómeno emergente.

Considerarlo exige salirse del pensamiento binario o polarizado para adentrarse en el pensamiento complejo que concibe a hechos y objetos como multidi-mensionales, interactivos y afectados por componentes aleatorios, azarosos. Los Baranger introdujeron en Latinoamérica la noción de “campo dinámico”, parienta cercana de lo tercero, para marcar la evolución del Psicoanálisis como ciencia del hombre y del diálogo que se desliza de lo unipersonal a lo intersubjetivo. Afirman: “El campo es mucho más que interacción y relación intersubjetiva (…). No se puede explicar sus efectos solamente por la “comunicación de inconsciente a inconsciente” (mencionada por Freud) ni por la resonancia producida en la mente del analista por las comunicaciones del paciente” (Baranger; Baranger, 2004, p. 154).

Volviendo a la noción de tercero analítico, debemos destacar que incluso en distintas versiones se distingue porque deconstruye polaridades. Por ejemplo, borra la separación tajante entre interno y externo, la que se suele plantear entre sádico y masoquista o la oposición radical entre el sujeto que hace algo a alguien y aquél a quien alguien le hace algo (Benjamin, 2012).

Ogden es un autor que aporta mucho en relación al concepto del tercero. Plantea que el análisis “involucra un “pasado” que está siendo creado nuevamente (tanto para el analista como para el analizando) por medio de una experiencia generada entre el analista y el analizando (es decir, dentro del tercero analítico” (Ogden, 2014, p. 77).

Complementa la idea cuando agrega: que desde el origen, se necesitan dos seres humanos para que uno sea capaz de pensar/sentir;           que paciente y analista deben ceder terreno para que la mente de uno se conecte con la del otro aceptando, al mismo tiempo, la condición de separado de cada uno; que si bien el tercero “es una creación de analista y analizando, a la vez el analista y el analizando son creados por el tercero analista” (Ogden, 2014, p. 89).

 

Enactment: puesta en acto o escenificación

El vocablo enactment fue usado por primera vez por Sandler (1976) para describir cómo el paciente, con el móvil de actualizar una cierta forma de relación, arrastra, fuerza o induce al analista a adoptar conductas no habituales.

La primera definición estricta del término la ofrece Jacobs (2001, citado por Sassenfeld, 2010), cuando establece que “el concepto de las puestas en escena abarca un amplio espectro de conductas por parte del analista y/o el paciente. Estas van desde cambios ligeros, casi imperceptibles en la actitud, movimientos corporales, expresión facial, afecto o tono de voz hasta acciones bastante directas, abiertas y complejas. Las escenificaciones son los transportadores principales de comunicación inconsciente entre analista y paciente” (p. 45).

Desde su aparición el Psicoanálisis Relacional discute la consideración de la subjetividad como ente aislado y plantea un modelo bi-personal y en contexto de la psicoterapia, definiendo al encuentro que se da en el vínculo terapeuta-paciente como lo más propio de su naturaleza. Como consecuencia lógica empiezan a abrirse complejos desacuerdos, revisiones, controversias y vaivenes en torno a una serie de conceptos del Psicoanálisis freudiano y kleiniano. Algunos de ellos son: transferencia, contratransferencia, interpretación, concepción del analista abstinente y neutral que, como pantalla en blanco, está destinado a recibir pasivamente proyecciones del analizando. Probablemente todo el artefacto teórico clásico se armó para acercar el Psicoanálisis a su contemporánea, la ciencia positivista, que exigía un investigador objetivo y distancia entre el observador y su objeto de estudio. Aspiración legítima en su época.

Para la corriente relacional el enactment, escenificación o actuación pasó a constituirse en tema central. Lo determinó su convicción de que la interacción recíproca y la influencia mutua entre terapeuta y paciente son procesos que caracterizan de forma absolutamente específica al tratamiento psicoanalítico.

En simultáneo son puestos en tela de juicio el no-lugar del cuerpo, concebido como diametralmente opuesto y separado de la mente así como la identificación proyectiva y la crítica desvalorizadora del acting out, del acting in y de la acción en general dada la tendencia a entronizar “la cura por la palabra”.

Intentando acercarnos a la definición del “enactment” lo presentaremos como un nudo conceptual donde se entrelazan muchos hilos que conducen a

  • la apreciación del lenguaje y la acción como funciones humanas a menudo indiferenciables, que se modifican mutuamente;
  • la consideración de que tanto los enactments verbales como los no-verbales del terapeuta, del paciente o de ambos, son motivados por intenciones inconscientes que ponen en escena determinadas pautas vinculares;
  • la sospecha de que esas comunicaciones inconscientes pueden remitir a traumas de la infancia o de la vida adulta que malograron la regulación afectiva en un contexto relacional significativo, obstaculizando el desarrollo del self en cuanto a la adquisición de la capacidad para simbolizar mediante el pensamiento o la palabra (Bromberg, 2008, citado por Sassenfeld 2010).

Mitchell (1997/2015), fundador del Psicoanálisis Relacional, que aspiraba a la integración teórica, afirma: “Los enactments y los reenactments no son vistos como sustitutos sin valor de la interpretación, sino como experiencias poderosas y actuales en los que basar las interpretaciones. Y a veces, en la relación analítica, la acción debe preceder al pensamiento y la palabra, porque la acción expresa algo inconsciente tanto para el paciente como para el analista. puesto que es algo desconocido e innominado, solo puede llegar a ser conocido siendo habitado y vivido en el tratamiento” (p. 260-261).

Desde esta perspectiva, el analista es un participante activo en la matriz relacional del paciente, cuando es necesario actuar patrones del pasado, y fundamentalmente aquellos que provienen de traumas pasados. En este proceso los enactments juegan un papel fundamental: “permiten al paciente y al analista dramatizar, o interpretar, e implicarse en una variedad de “viejos” self y patrones de relaciones objetales, mientras que gradualmente se introducen “nuevos” self o configuraciones de objeto. El enactment es valioso por sí mismo en la medida en que dramatiza y juega con configuraciones relacionales centrales, en especial rupturas y reparaciones. Además esto puede ser terapéuticamente útil en la medida en que su comprensión y resolución lleva al insight y al cambio conductual y vivencial” (Aron, 2015, p. 24).

En un trabajo anterior (Souza, Montano, Villalba, 2014) planteamos el enactment como escenificación que se da en la relación analítica cuando están en primer lugar la alianza terapéutica, la interacción recíproca, la influencia mutua, la actitud profesional del analista y el marco, que puede relacionarse con el conocimiento relacional implícito y la memoria procedural. Allí diferenciábamos dos tipos de enactment según remitieran o no a lo traumático.

Puede haber patrones relacionales y conocimiento relacional implícito no traumáticos que llevan a una relación analítica con aspectos particulares y únicos. O bien traumáticos, en cuyo caso dan cuenta de un déficit en los cuidados iniciales, producto de fallas o no adecuación a la satisfacción de las necesidades tempranas humanas en épocas de mucha dependencia.

Hacemos nuestras las reflexiones de los autores relacionales que optan por hablar de práctica en lugar de técnica ya que esta última supone una mayor predeterminación de lo que debe o no debe hacerse. Desde el rol profesional y la actitud clínica entendemos que la relación analítica implica sostener una tensión permanente entre pasado y presente, entre la seguridad que brinda el marco que exige encuadre y formación continua, la tolerancia a lo impredecible, la apertura al inconsciente, a la novedad, a lo espontáneo y lo creativo que cambia, cuestiona, renueva.

¿Habremos dado cuenta de cómo el Psicoanálisis propone una importante renovación al Psicoanálisis? Con el fin de hacer más clara nuestra exposición hemos expuesto por separado las propuestas que flexibilizan en alto grado tanto la práctica clínica como el vínculo analista-paciente. Pero no debemos terminar sin resaltar que todas las consideraciones hechas aquí están muy fuertemente ligadas entre sí. Cada una se conecta con todas las demás al igual que lo hacen los nudos de una red.

Referências –

Alexander, F.; French, T. M. (1946). Psychoanalytic therapy. New York: Ronald Press.

Aron, L (1996). A meeting of minds: mutuality in psychoanalysis. New Jersey: The Analytic Press.

Aron, L. (2015). Prefacio a la edición castellana. En: Mitchell, S. Influencia y autonomía en psicoanálisis. Madrid: Ágora Relacional.

Baranger, M. (2004). La teoría del campo. En: Glocer, L. El otro en la trama intersubjetiva. Buenos Aires.: Lugar Editorial, APA Editorial.

Benjamin, J. (2012). El tercero. Reconocimiento. Clínica e Investigación Relacional, v. 6, n. 2, p. 169-179.

Cassorla, R. (2000). “Enactment” (puesta en escena) agudo como “recurso” para el develamiento de una colusión de la dupla analítica. Revista Uruguaya de Psicoanálisis, v. 92. Recuperado.www. http://www.apuruguay.org/apurevista/2000/1688724720009212.pdf

Souza, L., Montano, G., Villalba, R. (2014) Taller sobre Enactment. Curso: ¿Clasicismo? ¿Eclecticismo? ¿Pluralismo? Revisitando el “Imprinting en nuestra formación, AUDEPP, Montevideo, Uruguay.

Ferenczi, S. (1932). Diario clínico. Buenos Aires: Conjeturas.

Ginot, E. (2009). The empathic power of enactments: The link between neuropsychological processes and an expanded definition of empathy. Psychoanalytic Psychology, v. 26, n. 3, p. 294.

Hoffman, I. Z. (1998). Ritual and spontaneity in the psychoanalytic process: a dialectical-constructivist view. New York: Analytic Press.

Liberman, A. (2005). Reseña del libro Ritual y Espontaneidad en el Proceso Psicoanalítico. Una visión constructivista-dialéctica. Aperturas Psicoanalítica. Recuperado: http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000327&a=Ritual-y-espontaneidad-en-el-pro.

Lyons Ruth, K. (2000). El inconsciente bipersonal: el diálogo intersubjetivo, la representación relacionan actuada y la emergencia de nuevas formas de organización relacionan. Aperturas Psicoanalítica. Recuperado: http://www.aperturas.org/articulos.php?id=107

Mitchell, S. (2015). Influencia y autonomía en psicoanálisis. Madrid: Ágora Relacional (Trabajo original publicado en 1997).

Ogden, T. (1994).The analytic third: working with intersubjective clinical facts. International Journal of Psycho-Analysis, v. 75, p. 3-19.

Ogden, T. (2014). El tercero analítico: el trabajo con hechos clínicos intersubjetivos. Revista de Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica de Madrid, v. 71, p. 67-96.

Sandler, J. (1976).Contratransferencia y respuesta de rol. International Journal of PsychoAnalysis, v. 3, p. 43-47.

Sassenfeld, A. (2010). Enactments: una perspectiva relacionan sobre vínculo, acción e insconsciente. Primera parte. Clínica e Investigación Relacional, v. 4, n. 1, p. 142-181 Recuperado: http://www.psicoterapiarelacional.es/Portals/0/eJournalCeIR/

[1] Colaboradores: Lic. Psic Beatriz Cordano Lic. Psic. Mónica Crespo Lic. Psic. José Luis Gómez Lic. Psic. Liliana Guerrero, Lic. Psic. Magdalena Herrera Lic. Psic. Ma. Ángeles Maseda Lic. Psic. Graciela Montano Lic. Psic. Rosario Vaeza, Dra. Rosario Villalba

[2] Grupo de Estudio “Psicoanálisis Contemporáneo” Audepp