EL MALESTAR DEL PSICOANÁLISIS EN LA HIPERMODERNIDAD

 Laura Silvestri[1]

 

Comienzo con un artículo que Freud escribió en 1930 llamado El Malestar en la Cultura, por considerarlo una de las reflexiones más interesantes acerca de la condición humana.

En esta obra, el fundador del psicoanálisis aborda lo que considera las tres fuentes de sufrimiento: el que procede de la naturaleza hostil e impredecible, de la propia constitución del cuerpo, amenazado por el deterioro, las enfermedades y la muerte y el que tiene su origen en la relación con los demás seres humanos, en tanto miembros de la cultura en el marco de las instituciones y la sociedad.

De las tres fuentes de dolor Freud (1930) privilegia la que parece más fácil de remediar, la que se origina en la vida social, pues las otras dos son condiciones imposibles de erradicar, en tanto no son susceptibles de ser controladas en todas sus dimensiones por el ser humano. La conclusión a la que llega, es sin embargo que la cultura, supuestamente organizada para aportar la felicidad al mayor número de personas, puede generar el mismo grado de sufrimiento e incertidumbre que las otras dos. Culmina con la sombría apreciación de que la felicidad no entra en el plan de la creación.

Los seres humanos, sin embargo no se resignan y apelan a diversos recursos a modo de consuelo, pero éstos no parecen ser muy eficaces.

Por ejemplo, reunirse con otros para obtener logros en la ciencia y en la técnica consiguiendo avances notorios, lo que sin embargo no redunda en la sensación que éstos los haga más felices. El alejamiento ascético de los demás; la sublimación de las pulsiones en actividades nobles y elevadas, pero que no es posible para la mayoría de las personas. El amor, que adquiere un lugar preferencial, pero que tampoco preserva del sufrimiento, por estar expuesto a la pérdida, etc. Las drogas que intoxican pero que cuando pierden su efecto, hacen más insoportable aceptar la realidad; el control del cuerpo a través del yoga y de disciplinas ascéticas que permiten atenuar los sufrimientos, aunque a la larga, éstos son inevitables.

Pero la principal dificultad, por lo que va a constituir el punto crucial del análisis de Freud (1930) es que la naturaleza humana además de albergar la pulsión de vida que tiende a unir, a formar comunidades más amplias y armónicas, también está constituida por la pulsión de destrucción o de muerte que se manifiesta de múltiples maneras: el narcisismo de las pequeñas diferencias que conduce a la segregación de las minorías; la tendencia a utilizar el cuerpo del otro como objeto de goce sin importar el sufrimiento que pueda experimentar; la explotación de los seres humanas en el trabajo, etc.

La cultura necesita de montos de agresividad, pero a la vez tiene que encontrar medios y estrategias para controlar las manifestaciones más perjudiciales de la pulsión de muerte. Por lo que además de los recursos antes mencionados, debe hacer uso de variados mecanismos, como la represión, formaciones reactivas, mociones de meta inhibida y fundamentalmente conseguir que la agresión sea “recogida por una parte del yo, que se contrapone al resto como superyó y entonces, como conciencia moral, está pronta a ejercer contra el yo, la misma severidad agresiva que el yo hubiera satisfecho de buena gana con otros individuos, ajenos a él” (Freud, 1930, p. 119). Y así el inevitable sentimiento de culpa inherente a la condición de vivir en condiciones de cultura y civilización.

La conclusión de Freud (1930) es que la cultura exige constantemente sacrificios al individuo y por lo tanto genera una insatisfacción, un malestar creciente, sufrimientos derivados de las dificultades que tiene el psiquismo para manejar las tensiones impuestas por la inevitable convivencia con los demás.

Ya no estamos en la época de Freud, la cultura ha experimentado grandes cambios, pero lo que no podemos decir es que el malestar haya disminuido.

Los avances más notorios han sido en las dos fuentes de sufrimiento que Freud menos se detuvo: la naturaleza y el cuerpo humano.

En relación a la primera, el desarrollo de la tecnociencia ha permitido un dominio y una mayor predicción, pero también con el costo de los problemas medioambientales.

El cuerpo que va siendo objeto cada vez más de un saber instrumental que consigue frenar su deterioro, mitigar sus dolencias pero que al mismo tiempo adopta una postura reduccionista y de control.

El malestar en la cultura se mantiene pese al avance de la tecnología y de la ciencia, pero asistimos a nuevas formas de sufrimiento, nuevos modos de fragilización del sujeto y de sus relaciones con los demás.

La época de Freud se enmarcaba dentro de lo que se ha denominado modernidad (aunque su mirada lúcida desentraña un cierto desencanto que nos remite a los pensadores de la Escuela de Frankfurt), que tenía como algunos de sus rasgos la reflexión como guía de la acción, la autonomía como asentimiento al deber moral (moral kantiana), la confianza en el progreso científico-técnico como factor de emancipación y el predominio de los denominados metarelatos (Lyotard).

Pero ha habido cambios importantes desde la creación del psicoanálisis hasta la época actual, que siguiendo la conceptualización de Lipovetsky transitan desde la denominada Posmodernidad (aproximadamente a partir de la década del 80) hasta la que ha exarcerbado algunos aspectos presentes en la Modernidad, lo que ha inducido a algunos autores a utilizar la expresión Hipermodernidad para referirse a los tiempos que corren.

Luego de la Posmodernidad que tuvo como características la exaltación del placer, la disolución de los referentes sociales, políticos e ideológicos (desencanto de las utopías), el predominio de una moral sin obligación ni sanción y de índole emocional y mediática, así como también la retirada de los individuos a la vida privada, otorgando importancia a la realización personal y a la libertad individual; reaparece una modernidad, que a diferencia de la del pasado radicaliza y adopta un enfoque unidimensional de determinados aspectos, prescindiendo de otros que actuaban como contrapesos.

Se fundamenta en lo esencial en tres aspectos de la modernidad: el mercado, la eficacia técnica y el individuo.

Hay una gran incitación al consumo, pero que parece siempre insuficiente; la entronización de un ideal de eficacia asociada al modelo de gestión empresarial, a la flexibilidad, lo que redunda en un énfasis en los medios estratégicos y en la ausencia de cuestionamiento de los fines.

Aquí se pone de manifiesto el desarrollo de una de las vertientes de la razón que viene de la Modernidad, tributaria de un cientificismo excesivo detectado y criticado por los pensadores de la Escuela de Frankfurt que terminó extendiéndose a todos los ámbitos de la vida social e individual, que es la racionalidad instrumental.

En este contexto el individuo también se convierte en gestor de sí mismo, por lo que debe evolucionar, reciclarse, acelerar su actividad para no fracasar. Es lo que autores como De Gaulejac y Aubert (1993) aludieron con la expresión “el coste de la excelencia”; y Han (2014) como el sujeto abocado exclusivamente al rendimiento y bajo el exceso de positividad.

El diagnóstico consignado es preocupante, pues mientras el sujeto moderno podía bajo determinadas condiciones (integrando agrupamientos sociales), tomar conciencia de la explotación de que era objeto y eventualmente rebelarse, “el sujeto de rendimiento está libre de un dominio externo que lo obligue a trabajar o incluso lo explote. Es dueño y soberano de sí mismo…El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación” (Han, 2012, p. 31-32).

Todo esto acompañado de un debilitamiento del poder regulador de las instituciones colectivas, en la medida que ya no está presente el compromiso con la familia, los partidos políticos, etc. Desde cierta perspectiva esta nueva realidad hace que el individuo aparezca más libre, flexible y descontracturado. No obstante, la pérdida de referentes y núcleos de pertenencia unido a la exigencia de un rendimiento que además nunca parece estar a la altura de los requerimientos, significa debilitamiento del Yo, más que el devenir de un sujeto libre y autónomo.

Mientras que el contexto social y cultural en el que Freud forjó su teoría propiciaba el advenimiento de las neurosis, en el actual si bien éstas no dejan de estar, cobran relevancia problemáticas vinculadas a deficiencias del Yo, depresiones, crisis de ansiedad, síntomas psicosomáticos, adicciones, dificultad en el establecimiento de vínculos gratificantes y continentadores.

Es atendiendo a tales constataciones que Lipovetsky observa diferencias entre aquel individuo posmoderno dispuesto al goce, a vivir el presente y a liberarse de las viejas ataduras y éste aquejado por la angustia de no colmar sus expectativas de éxito, por experimentar incertidumbre ante un futuro cambiante, un mundo globalizado regido por la tecnología y las leyes del mercado y una “lucha por los lugares” (Gaulejac, Aubert, 1993) que parecen ser cada vez más escasos y objetos de disputa.

La conclusión que parece ineludible es que también hoy hay malestar en la cultura y si bien las motivaciones son en parte diferentes a las de la época de Freud, no parece ser menos intenso sino que por el contrario, asistimos a la proliferación de dolencias físicas y sufrimiento psíquico.

Pero a su vez el psicoanálisis inmerso también en tal contexto, experimenta sus propios malestares, que por momentos parecen debilitarlo, pero por otro lado, lo estimulan a la interrogación y a una mirada crítica y reflexiva, que implique una búsqueda para encontrar formas de escucha y acción ante nuevas demandas inherentes a las vertiginosas transformaciones del mundo actual.

El psicoanálisis es desafiado por terapias que prometen soluciones rápidas y eficaces, por fármacos que garantizan la eliminación del sufrimiento psíquico, por cierta concepción de las neurociencias que esgrime la solución exclusivamente biológica a los padeceres psicológicas. Pero también constituye un desafío la influencia de los avances tecnológicos por la incidencia que tienen en las vivencias del tiempo (aceleración, hiperactividad) y en la configuración de la subjetividad.

Frente a tal estado de situación el lugar del psicoanálisis parece alternar entre el desánimo y la impotencia como sucede también con los sujetos hipermodernos, y la curiosidad y el entusiasmo para encontrar caminos que posibiliten disminuir el sufrimiento, cooperando así en el alivio del malestar, como en su momento fue el desafío que se propuso Freud y lo enfrentó con gran lucidez.

Además de los diálogos al interior de las propias instituciones psicoanalíticas, puede ser muy fructífero, como se está haciendo en muchos casos, dialogar con otras disciplinas, como las ciencias sociales, la filosofía y de esa forma por qué no ser un agente activo en la búsqueda de espacios que propicien el detenimiento necesario para recuperar la dimensión del conflicto y confrontar por tanto con las mediaciones, los rodeos, la negatividad, que es augurio de superación y novedad y no la mera agitación que cómo señala Han (2014) “reproduce y acelera lo ya existente”.

En ésta tarea tan difícil pero también apasionante el psicoanálisis se alinea con vertientes del conocimiento que apuntan según la acepción de Habermas a un interés emancipatorio.

Referências

De Gaulejac, V.; Aubert, N. (1993). El coste de la excelencia ¿Del caos a la lógica o de la lógica al caos? Barcelona: Paidós.

Freud, S. (1996). El malestar en la cultura. In: _____. Obras completas. (Vol. 21). Buenos Aires: Amorrortu. (Original publicado em 1930).

Habermas, J. (1982). Conocimiento e interés. Madrid: Taurus.

Han, B.-Ch. (2014). La agonía de Eros. Barcelona: Herder.

Han, B.-Ch. (2012). La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder.

Lyotard, J.-F. (1991). La condición posmoderna.Buenos Aires: Cátedra.

Lipovestky, G. (2008). Los tiempos hipermodernos. Barcelona: Anagrama.

[1] Licenciada en Filosofía y Licenciada en Psicología Laura Silvestri Piegas. Asociación de Psicoterapia Psicoanalítica (AUDEPP). Facultad de Psicología, Universidad de la República (UDELAR), Montevideo, Uruguay. Email: lau.silves@gmail.com